Corría 1986, tenía aún 23 años y vivía en Gran Canaria, a donde había regresado de Madrid 2 años antes, sin terminar aún la carrera de Periodismo (algo que haría mucho más tarde). Santiago, el amigo del colegio con el que estaba creando mi primera empresa, una editora de prensa gratuita, tiró la toalla a 4 meses de la salida del primer número de Telde Informativo, la revista cuyo lanzamiento se produciría en diciembre de ese mismo año.
Con esa edad estaba a punto a unirme a la que hoy es mi mujer, que tenía un hijo de 5 años, para convertirme en algo que podríamos llamar “padre de familia”. El único apoyo que hubiera podido esperar de la mía eran mi hermana y mi madre, aunque ninguna estaba en disposición financiera para respaldar mis proyectos, una en el paro, la otra en Madrid, ya prejubilada.
Desde entonces, nunca he trabajado por cuenta ajena. Siempre he sido trabajador en mis propias empresas, autónomo por imperativo legal. No entiendo la vida profesional si no es desde la autoorganización de mis tareas, que normalmente se extienden de lunes a domingo, entre la reflexión, la investigación y la ejecución de lo que voy creando.